SNOWPIERCER: ROMPENIEVES

en Streaming/TV por

El tren del fin del mundo

Aunque correcta en líneas generales, la sensación tras ver la serie Snowpiercer: Rompenieves es que poco o nada aporta a lo ya logrado en el cómic original y el film homónimo de Bong Joon-ho.


Bong Joon-ho y Park Chan-wook, los dos pesos pesados del cine surcoreano durante bastantes años –el primero vuelve a estar en lo más alto después de la repercusión de Parásitos, mientras que el segundo, tras renovar el interés de su obra con La doncella, se encargó de una insatisfactoria versión televisiva de La chica del tambor–, coinciden en la producción ejecutiva de Snowpiercer: Rompenieves. Pero el resultado de la serie para TNT y Netflix poco tiene que ver con la obra de ambos. Lo que funcionaba con cierta precisión en la definición del ecosistema social encerrado en un tren de alta velocidad, tanto en el cómic «Le Transperceneige», creado en 1982 por Jacques Lob y Jean-Marc Rochette, como, en menor medida, en el film de Joon-ho, realizado en 2013, se encalla en la serie ideada por Graeme Manson y Josh Friedman por culpa de las lógicas sub-tramas, que deben incluir para redondear los diez episodios, y una menor consistencia en la definición de los personajes esenciales para que funcione ese discurso pos-apocalíptico en un mundo en estado permanentemente bajo cero. El diseño de producción, puede que más caro pero menos logrado, así como la realización, a cargo de James Hawles (Penny Dreadful) y Rebecca Rodriguez (montadora de Machete y Machete Kills), entre otros, tampoco brillan especialmente. El resultado es una adenda innecesaria, un complemento correcto al que le falta substancia argumental, aunque resulta agradable de ver, sin más.



El resultado es una adenda innecesaria, un complemento correcto al que

le falta substancia argumental, aunque resulta agradable de ver, sin más


Manson, que en calidad de guionista de películas fantásticas ha pasado del minimalismo de Cube al gran aparato de producción de La guerra de los mundos y Terminator: Destino oscuro, y Friedman, productor ejecutivo de la serie Terminator: Las crónicas de Sarah Connor, se deslizan por los 1001 vagones del tren Rompenieves con más sentido de la aventura que de la lectura distópica de un futuro donde la diferencia de clases se ha acentuado aún más de lo que ya es en realidad fuera de la ficción. Se respeta por supuesto la idea básica de que el tren debe moverse sin parar, circulando por ente montañas nevadas y, a lo lejos, ciudades congeladas. La temperatura en el exterior es de 47º bajo cero. Hay un ligero cambio en la ubicación de la historia, ya que la película de Joon-ho acontecía en 2031, diecisiete años después del fracaso de un experimento que debía contrarrestar el calentamiento global, mientras que la serie está ambientada en 2021, solo siete años después de la hecatombe. Manson y Friedman añaden a modo de columna vertebral del relato una investigación criminal que poco a poco carece de interés como tal. Así se presenta en sociedad un nuevo personaje, Andre Layton (Daveed Diggs), inspector de homicidios de Detroit en el antiguo mundo sin hielo, quien viaja en los furgones de cola, donde están la “escoria”, pero es reclutado por los responsables del tren para que encuentre al autor de un asesinato con amputación perpetrado en los vagones donde viven más que satisfactoriamente los ricos.

Si nos quedamos con lo que ya mostraba el cómic y la película, la serie gana enteros, casi por puro mimetismo, e incluso los cambios imaginados por Manson y Friedman resultan más acertados. No es un spoiler, ya que se desvela en el último plano del primer episodio, pero resulta interesante la idea de que Melanie Cavill (Jennifer Connelly), la bella, educada y distante responsable de Servicios Generales, a la vez relaciones públicas y la voz que se escucha en el tren dando instrucciones o avisando de tempestades, sea en realidad el señor Wilford, el creador e ideólogo de Rompenieves y lo que el tren representa como artilugio para estratificar las distintas clases sociales y económicas. Se explica en el desenlace del capítulo inicial, a modo de giro inesperado para seguir manteniendo el interés del espectador, pero también es verdad que los creadores de la serie juegan con otras posibilidades en relación a esta sorpresiva identidad.



Una secuencia como la que muestra el placer experimentado por Layton al comer una sopa de tomate y un sándwich de queso fundido, tras no probar nada parecido durante siete años, dice bastante más sobre el personaje y las circunstancias que los diálogos siempre en exceso explicativos. La muy new age experiencia de sanación realizada en las dependencias del coche-cama, algo así como un cabaret de liberación interior y exterior en el que todo parece permitido, situado en tierra de nadie entre la clase pudiente y la “escoria”, funciona a modo de flashback para explicar sucintamente la relación entre Layton y Zarah (Sheila Vand), su antigua novia. Notable es la secuencia del suicidio de Ivan, el hombre más viejo de la Tierra, tras besar la foto de su esposa y escuchar los primeros compases de su melodía preferida de Rachmaninoff minutos después de cumplir los ochenta y cuatro años. Y se repite la amputación por congelación del brazo de un rebelde del furgón de cola, colocándole el brazo en el exterior hasta que queda helado y rompiéndoselo después con un mazo, pero si en la película se trataba de un hombre, aquí es una mujer que se sacrifica por su hija pequeña en un cambio de género nada casual.

Quim Casas


USA, 2020. T.O.: “Snowpiercer”. Creadores: Graeme Manson y Josh Friedman. Intérpretes: Jennifer Connelly, Daveed Diggs, Mickey Summer, Alison Wright. DISPONIBLE EN NETFLIX