UNA GRAN MUJER

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Templado contraste cromático

Una gran mujer contiene todos los mimbres, y también los defectos, de las grandes epopeyas rusas. Trata de personajes atormentados, que crecen y eclosionan en relación con sus traumas; se ambienta en un escenario ideal para la tragedia —el otoño inmediatamente siguiente a la finalización de la Segunda Gguerra Mundial—, y recrea un entorno malparado, dañado y sofocante, en el que apenas se logra subsistir. Asimismo es lenta, a ratos plúmbea, con más pretensión por el zigzag que por la línea recta: hasta que se entiende adonde quiere llegar ha transcurrido buena parte del metraje; mientras tanto, se han impuesto varios personajes con visos de secundarios.



La tercera película de Kantemir Balagov (1991), galardonada en la sección Un Certain Regard de Cannes, se fija en el regreso a la vida civil de dos mujeres, ambas traumadas y laceradas por heridas internas y físicas: Iya Sergueeva (Viktoria Miroshnichenko, tan parecida aquí a Tilda Swinton) y Masha (Vasilisa Perelygina), exveteranas de guerra cuya dedicación en el frente llama inicialmente al equívoco, no por causa del guión sino de las apariencias del mundo al que les toca volver, como tarda en descubrir el espectador, no obstante ciertas sospechas que le inducen a suponerlo. En Una gran mujer dos amigas hacen lo que pueden para reintegrarse a una vida pacífica que promete un futuro esperanzador, a pesar de que todas las pruebas sugieran un horizonte incierto. Balagov narra sus turbulencias con bastante desapego. Esta frialdad cumple, entendemos, con la función de dejar que las protagonistas evolucionen naturalmente, para que sea el espectador quien las juzgue en última instancia, si tiene deseos de hacerlo. Por desgracia, el tono induce más bien hacia la indiferencia.

Hay que reconocerle a Balagov un acertado instinto estético, con el que atina a plasmar el ánimo de las dos compañeras. Por ejemplo, se sirve de una gama de colores fuertes, rojos y verdes principalmente, que usa en continua contraposición: el uno equilibra al otro para, en su conjunto, contradecirse. Es decir: si el verde suele equipararse a la esperanza, unido al rojo aquí empleado implica frustración, o destino truncado. Igualmente, el rojo, un color de rabiosa personalidad, queda desvaído en relación con el verde, diluyéndose como un sueño roto. El resultado, para entendernos, es similar al de Delicatessen (1991) de Jeunet/ Caro: los colores refuerzan la tensión a base de exprimirse (en sentido visceral) hasta su extremo.



Es mediante la fotografía por lo que empezamos a entender las intenciones de Balagov, a intuir que hay algo que rechina en lo que nos cuenta en apariencia. El cartel de Una gran mujer ya da fe de que este es el principal punto fuerte del film; cada fotograma no hace sino reforzar esa idea. Pocas veces se tiene tan presente que una película ha nacido a base de una impresión visual; pasa con el cine del anteriormente citado Jeunet, y a ratos también con el de Guillermo del Toro. Poner a Balagov del lado de cineastas tan originales, creo, le otorga un futuro prometedor. Es en ellos, y no en Dostoievski o Bulgakov, por mucho que constituyan su acervo cultural más inmediato, en los que debe mirarse. Pues sus almas le quedan cerca.

Joaquín Torán


Rusia, 2019. T.O.: “Dylda”. Director: Kantemir Balagov. Intérpretes: Viktoria Miroshnichenko,  Vasilisa Perelygina, Konstantin Balakirev, Andrey Bykov, Kseniya Kutepova, Igor Shirokov, Timofey Glazkov. DISPONIBLE EN FILMIN, MOVISTAR+, iTUNES Y RAKUTEN TV