PARÁSITOS

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PARÁSITOS de Bong Joon-Ho

COREA DEL SUR, 2019. T.O.: “GISAENGCHUNG”. DIRECTOR: BONG JOON-HO. INTÉRPRETES: KANG-HO SONG, SUN-KYUN LEE, YEO-JEONG JO, WOO-SIK CHOI, SO-DAM PARK, JEONG-EUN LEE, HYE-JIN JANG, MYEONG-HOON PARK. EDITADA POR CAMEO


A mi hermana

Hace setenta y dos días que Parásitos arrasaba en los Óscar, casi tres meses que pesan como años y que hemos vivido bajo el bombardeo constante de información relacionada con el COVID-19. Su éxito disparó el interés por el cine surcoreano y asiático a la par que provocó encendidas disputas sobre, entre otros, la conveniencia del premio más importante del año a un film de habla no inglesa, la aparente lucha de clases representada en el film, las posibilidades de éxito comercial de films de (aparente) bajo presupuesto y un sinfín de variantes que, a día de hoy, se antojan anodinas. La cartografía por los diferentes debates dibujaba un panorama de absurdos casi tan atroz como la velada denuncia presente en el film y, de repente, pasamos a estar todos confinados en nuestras casas, a sufrir un encierro que, en cambio, no nos ha hecho volver la mirada a Parásitos y mucho menos replantearnos qué significa ese espacio que llamamos “hogar”, sino que, de nuevo, hemos vuelto a mirar a los jardines de los vecinos y a quejarnos de lo invisibles que somos al poder, a buscar el privilegio y no el derecho: a perpetuar el error. Quien tiene terraza se queja amargamente no de tener jardín, y quien ni siquiera tiene un piso luminoso se queja de la renta mínima para quien no puede ni comprar comida, sin apenas dar cuenta de las necesidades reales de cada uno, hecho que perfilaba como privilegiados y objeto de envidias a los poseedores de un perro y que hoy ha acabado por desatar la ira de aquellos padres que ven cómo el único paseo posible para sus vástagos es el viaje al supermercado, al banco o a la farmacia: perros y niños como salvoconductos en una sociedad infantilizada y caprichosa, como aquellos votantes de Trump latinoamericanos que defendían el muro por miedo a perder sus privilegios.



Mi hermana murió sola en una pequeña habitación en un piso compartido junto a otros okupas, víctimas de un alquiler fraudulento de habitaciones en pisos ocupados, gente que no ha conocido el SMI jamás, sótanos sociales hacia los que nunca miramos. Mi madre tardó cuatro días en unirse a nuestro duelo tras pasar dos semanas hospitalizada, intervenida y completamente sola, cuando finalmente pudimos, como familia, en nuestro hogar, comunicarle la peor noticia. Ninguna de las dos pasó el COVID-19 pero este ha pasado por encima nuestro, impidiendo una despedida normal, arrebatando abrazos y un último adiós justo y legítimo pero inviable en estado de alarma. Todos deseamos el privilegio de no estar sometidos a las mismas normas que el resto, pero también fuimos conscientes de su imposible, de un bien mayor del que no seriamos beneficiarios, pero tampoco un obstáculo. Esa mentalidad posiblemente hubiera mantenido a los protagonistas de Parásitos viviendo en el subsuelo, o quizás sea la misma que consigue que el hijo pueda finalmente comprar la casa, no lo sé, probablemente porque nos enseñaron que el estatus social era una escalera donde ascender significa pisar a alguien y, sobre todo, un posicionamiento en base a quién tenemos por encima y por debajo, como hemos visto recientemente en El Hoyo, y donde las pugnas entre unos y otros solo sirven para una cosa: ampliar el sótano, ese lugar donde siempre cabe alguien más.

No, Parásitos no habla de la lucha de clases, ni nosotros somos una sociedad con una voluntad de justicia social que pueda permitir salir de esta crisis sanitaria con menos desigualdades, no vamos a bordo del Snowpiercer, y Bong lo deja claro al plantear los espacios y los encuadres que vemos en Parásitos donde, más allá de escaleras, los personajes habitan espacios que solo uno de ellos puede ocupar, roles que no admiten cuatro manos y que ansiamos no para todos sino pese a todos. Es más, Bong presenta a ambas familias de manera completamente distintas, ya que los protagonistas operan como uno mientras que los Parks son entes independientes, y el camino hacia la consecución de la casa implica romper esa unidad y seguir dando vuelta en la misma rueda, un peldaño por encima, mientras nos quejamos de las fotos en el jardín del influencer de turno o del largo paseo del vecino con su perro mientras alguien más se lamenta de no poder hacer exactamente lo mismo al no tener terraza. Es curioso, mi hermana era así, cobrando una pensión por discapacidad, en esa contradicción que permitía el sistema preCOVID-19 y que, frente a un enemigo común, nos ha igualado a todos en la muerte. Volveremos a habitar los mismos espacios, pero no seremos nunca más nosotros.

Nicolás Ruiz