DR. CYCLOPS

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DR. CYCLOPS de Ernest B. Schoedsack

USA, 1940. T.O.: “Dr. CYCLOPS”. DIRECTOR: ERNEST B. SCHOEDSACK. INTÉRPRETES. ALBERT DEKKER, THOMAS COLEY, JANICE LOGAN, CHARLES HALTON, VICTOR KILIAN, PAUL FIX. EDITADO POR DIVISA


Para alguien como Merian C. Cooper, abanderado en Hollywood de todas las nuevas tecnologías cinematográficas entre los años veinte y los cincuenta del siglo pasado –Magnascope, efectos especiales, acompañamiento musical sincronizado, el Technicolor de tres tiras, Cinerama–, Dr. Cyclops (1940) debía de ser una de sus más importantes conquistas: una película de ciencia ficción con personajes miniaturizados y realizada en Technicolor total, perfeccionando los experimentos cromáticos que había promovido cinco años antes con una de sus compañías al producir un film de color tricromo como La feria de la vanidad. Pero siendo una película dirigida por Ernest B. Schoedsack, su compañero de aventuras en Grass, Chang, Las cuatro plumas, El malvado Zaroff, King Kong, El hijo de Kong, Los últimos días de Pompeya y El gran gorila, aún hoy sigue sin estar clara la participación de Cooper como productor ejecutivo de Dr. Cyclops. No aparece en los títulos de crédito y algunos estudiosos de la obra de la pareja sostienen que fue realizada cuando acababan de separarse artísticamente. De un modo u otro, vista hoy en el contexto de la filmografía de este tándem de aventureros del cinematógrafo, como no ha habido otro en la historia del cine estadounidense, Dr. Cyclops puede considerarse otra muestra del talento de ambos ya que a pesar de no haber participado Cooper directamente en su gestación, tiene muchas cosas heredadas de anteriores títulos en los que sí jugó un papel no solo destacado, sino determinante.

  Dr. Cyclops es además una de las mejores representaciones en la era clásica de la ciencia ficción y el fantástico en cuanto al tema de la miniaturización humana. Es distinta a El increíble hombre menguante (1957), porque sus protagonistas no pugnan, como en esta obra maestra de Jack Arnold y Richard Matheson, con la ciencia y con Dios. Quizá en este sentido el film de Schoedsack esté más cerca de Muñecos infernales (1936), una fantasía perversa escrita por Erich von Stroheim y filmada por Tod Browning en torno a un preso que se venga de los que le mandaron a la cárcel reduciéndoles de tamaño en cuerpo, alma y cerebro.




  El villano reductor es en este caso un mad doctor, el profesor Thorkel (Albert Dekker), un biólogo experto en estructuras orgánicas moleculares con ansias de poder y notoriedad: disminuye de tamaño y encarcela a todos sus colaboradores cuando estos descubren sus experimentos con el uranio y la reducción del tejido humano vivo. Pero siendo un científico loco que desafía las leyes de la humanidad, tampoco es demasiado ortodoxo: reduce la medida de mujeres y hombres –sin llegar a la angustia infinitesimal como en el film de Arnold– al mismo tiempo que él va perdiendo la vista al exponerse constantemente al radio. Uno de los detalles más logrados de la película reside en el cajón lleno de gafas con las que el científico va paliando su pérdida de visión hasta que sus reducidas víctimas las esconden en otro lugar. Quedan tan solo en el cajón unas gafas con uno de los cristales rotos, lo que convierte al profesor, al ponérselas, en un cíclope herido y mutilado digno de un dynamation de Ray Harryhausen.

  La mayor parte de la acción acontece en el laboratorio que Thorkel tiene en plena selva amazónica, un espacio filmado por Schoedsack como él e Irving Pichel filmaron la selva de estudio de El malvado Zaroff, solo que ahora es en color. En plena explosión saturada, casi lúbrica, del Technicolor de la época (Dodge, ciudad sin ley, Lo que el viento se llevó, El mago de Oz, Robín de los Bosques, Tierra de audaces, Paso al noroeste, El ladrón de Bagdad, Sangre y arena), el trabajo de Schoedsack y el operador Henry Sharp en Dr. Cyclops impone unas tonalidades suaves que sustraen a la vegetación amazónica su intensidad de tonos verdes a la vez que en secuencias en interiores, como la que abre el film, disminuye a conciencia la paleta de colores de modo que el primer y pequeño laboratorio de Thorkel parecería fotografiado en blanco y negro si no fuera por la intensidad verdosa del tubo de ensayo donde guarda el radio, en un efecto cromático muy conseguido que se extiende al resto de esta excelente película que es tanto fantacientífica, aventurera, pulp y experimental.

Quim Casas