VIVARIUM

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Un confinamiento de pesadilla al aire libre

EL PUNTO DE PARTIDA DE VIVARIUM resultará conocido para una mayoría de lectores: mudarse, buscar piso, es un acto estresante, y en ocasiones una verdadera prueba de fuego para la convicencia en pareja. A partir de esta premisa, Lorcan Finnegan construye una película tensa, la segunda de su carrera haber tras una serie de cortos rodados entre 2007 y 2012, y, como aquella –Without Name, de 2016– también adscrita al género fantástico.

Vivarium se vio en la pasada edición del festival de Sitges, y agradó. Su planteamiento es original, su desarrollo, concienzudo, el guión logra mantener la atención de un espectador al que varios acontecimientos le pillan desprevenido, y sus pocos actores (la mayoría de ellos simples comparsas, pues esta es una película que se centra en una pareja y, si acaso, en su extraño hijo «adoptado») están solventes.

La mejor virtud de Vivarium es el modo en el que consigue narrar los hechos de su universo cerrado sin ofrecer síntomas de agotamiento, recurriendo tan solo a las rutinas monomaníacas de sus dos personajes, cuya repetición en bucle, el mismo en el que parece estar construida la aparentemente idílica urbanización Yonder (un proyecto inmobiliario a medio camino entre El show de Truman y un delirio de Black Mirror), es la clave de la angustia que genera la película. Él, Tom, solo encuentra satisfacción en sus días clónicos en el acto de cavar hasta el desfallecimiento, obsesionado por encontrar una salida a su confinamiento pero también por hallar la fuente de las voces y ruidos que, de cuando en cuando, intranquilizan su escaso sueño. Ella, Gemma, por su parte, intenta educar, y a la vez embaucar, al inquietante niño cuya educación les ha sido confiada.




La violencia parece ser la solución evidente al conflicto en el que Gemma y Tom se ven envueltos, pero Lonegan la destina a ser el último recurso, el más desesperado, una vez que la diplomacia y toda la gama de comportamientos civilizados fracasan estrepitosamente, uno detrás de otro. Vivarium, desde el reconocimiento de una premisa muy identificable, pone también al espectador en la tensión de plantearse cómo reaccionaría ante una tesitura similiar. Naturalmente, esta es una ficción (una ciencia ficción más bien), pero, como en toda buena fantasía, subsiste un poso de realidad denunciable. En este caso, la abyección tiene que ver con la manipulación, con las artes piratescas de las agencias inmobiliarias, con la falta de escrúpulos y de empatía con la que realizan su trabajo. La presencia de unos siniestros agentes inmobiliarios, cuyo uniforme parece salido de la mente fanática de un sastre de Salt Lake City, ofrece una pista preciosa de por dónde van los tiros del mensaje lanzado por Lonegan, que a ratos resuena como un clamoroso S.O.S.

En estos tiempos de confinamiento impuesto, se nos machaca con el recordatorio de películas de apocalipsis zombi que, tangencialmente, ya anticiparon escenarios parecidos. No hay que irse a lo epidémico para encontrar similitudes perversas con nuestro día a día: no todos los confinamientos se parecen; algunos, de hecho, pueden ser angustiosas pesadillas al aire libre

Joaquín Torán

 

USA-Irlanda, 2019. T.O.: «Vivarium». Director: Lorcan Finnegan. Productores: Todd Brown, Alexander Brøndsted, Jean-Yves Roubin, Antonio Tublen. Guión: Lorcan Finnegan y Garret Shanley. Fotografía: MacGregor, en color. Música: Kristian Eidnes Andersen. Intérpretes: Imogen Poots, Jesse Eisenberg, Jonathan Aris, Senan Jennings, Eanna Hardwicke.