ATLANTIC CITY

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ATLANTIC CITY Louis Malle

FRANCIA-CANADÁ-USA, 1980. T.O.: «ATLANTIC CITY». DIRECTOR: LOUIS MALLE. INTÉRPRETES: BURT LANCASTER, SUSAN SARANDON, MICHEL PICCOLI, KATE REID, ROBERT JOY, HOLLIS MCLAREN. EDITADO POR DIVISA HOME VIDEO.


En 1946 Burt Lancaster debuta como actor de cine con el film de Robert Siodmak Forajidos. A continuación, interviene en los largometrajes Fuerza bruta (Jules Dassin, 1947) y El abrazo de la muerte (Siodmak, 1949) y se convierte, fugazmente, en uno de los especiales rostros del cine negro del periodo. Algo más de tres décadas después con su representación del anciano corredor de apuestas de Atlantic City regresa, convocado por el cineasta francés Louis Malle, exhibiendo enérgica veteranía artística y hermosas canas y arrugas, a los viejos espacios del noir de celuloide, y camina por los parajes derribados de una categoría cinematográfica que a comienzos de los años ochenta, tras el ciclo del New Hollywood, e igual que muchos de los géneros, digamos, tradicionales, soporta nuevas metamorfosis. En 1980 Burt Lancaster como Lou, el protagonista de la cinta, es ya una suerte de anacronismo, una figura casi forastera en el actual mapa del cine norteamericano. Ahora que su tiempo se ha desvanecido recorre las imágenes de una ciudad de cine y también de música que representa las diferentes transformaciones. En efecto, la Atlantic City retratada por Malle es una clara representación del propio cine negro. Los estropeados edificios del pasado son derribados, una tras otro, para levantar en su lugar lujosos casinos. Los dañados supervivientes son relegados a unas catacumbas en las que rememoran con manifiesta nostalgia vistosos hechos, intentando quizá conformar un volumen idealizado del ciclo desaparecido. El propio Lou-Lancaster se refiere en numerosas ocasiones, hablando con antiguos conocidos o personalidades modernas, al fin definitivo de los viejos tiempos. Capone, Siegel o los tipos inventados por el anciano para sus historias han muerto. Sus nombres solo son otro sonido del ayer. Empero, toda esta cuestión es parcialmente observada y estudiada por el director con cierta distancia. Pese a que determinadas atmósferas entristecidas y asfixiantes del noir USA influyen, de algún modo, en el temperamento de alguno de sus primeros films, sobre todo en Ascensor para el cadalso (1958), es evidente que contempla y aborda el género con una mirada esencialmente teórica. Siguiendo procedimientos casi científicos analiza y comenta en el primer bloque las mutaciones, utilizando además, con admirable lucidez, la imagen avejentada de caracteres generalmente invisibles en el cine del clasicismo: un gánster de poca monta, imperceptible, o casi, en el organigrama de una banda, y la novia del jefe. Sin embargo, la profunda implicación del actor en la propuesta resta frialdad erudita. Su energía pronto impacta en el estudio y lo cambia. Así, Atlantic City surge verdaderamente de una emocionante yuxtaposición de miradas a priori opuestas. Consciente del peso simbólico y vigor del compañero de viaje, Malle resuelve permanecer en un adecuado segundo plano desde el encuentro del hombre con la vecina interpretada por Susan Sarandon. Con la evidente complicidad del realizador, Lancaster, tras la reunión, domina ya por completo, y hasta el final, una obra que desarrolla, desde luego, sus aspiraciones teóricas mientras devuelve, aunque sea durante un instante, la dignidad a un grupo de lastimados perdedores. El reconocimiento de su nobleza crea instantáneas tan enternecedoras como las de la entusiasta celebración de Lou en las secuencias últimas.

Ramón Alfonso