EL ASESINO DE LOS CAPRICHOS

en Análisis/Críticas por

A la sombra de Seven

NO HAY QUE ARAÑAR DEMASIADO PARA OBSERVAR que El asesino de los caprichos rebusca en la herencia de Seven (David Fincher, 1995) con el fin de ofrecer parte de sus objetivos. Y la verdad es que, sobre el papel, la premisa puede resultar atractiva: la investigación de una serie de crímenes que se cometen reproduciendo los Caprichos de Goya, un conjunto de imágenes lo suficientemente atractivas y sugestivas como para que el film pueda experimentar con ellas a la hora de construir su aparataje formal. Sin embargo, es obvio que Gerardo Herrero no es David Fincher. Y también lo es el hecho de que las buenas intenciones en la cinematografía española, en muchas ocasiones, quedan aprisionadas en las páginas de una sinopsis inicial y que raras veces se reflejan en el resultado final. Este es el caso de El asesino de los caprichos.

El interés que puede suscitar su base argumental se desvanece más pronto que tarde, ya que la premisa de Goya termina siendo tremendamente superficial. No pasa, estrictamente, de vacuas referencias geográficas (calle Goya, el metro de Goya, etc) y los elementos que tienen que ver con los Caprichos desprecian la poderosísima capacidad simbólica de los mismos para quedarse en un terreno meramente anecdótico en el que lo mismo hubiera resultado centrarse en las obras del genio aragonés que en las de cualquier otro artista. Es la falta de personalidad uno de los problemas más graves que posee esta película. Una puesta en escena aséptica que no asume ningún riesgo y que, en ocasiones, peca de una profunda torpeza (las secuencias de «acción», de muy mediocre ejecución) complementa los agujeros de un guión que, en ningún momento, logra mantener la tensión que pretende.

Primero de nada, porque el diseño de personajes resulta vacío, tanto en sus protagonistas (cuya suerte deja de importar a los pocos minutos) como en sus inexistentes caracteres secundarios, que aparecen y desaparecen a voluntad sin que dejen huella en la trama ni mucho menos integren los aspectos necesarios para que la hagan avanzar. Esa especie de híbrido entre Ana Botella y Esperanza Aguirre al que da vida Ruth Gabriel coquetea con una subtrama política que apenas tiene relevancia, al igual que el personaje de Adrián (Daniel Grao) con el universo mediático. Pequeñas intentonas por parte de Herrero de abrir el campo de acción de la película que acaban resultando tan tímidas como insuficientes. Tampoco los actores funcionan como sería deseable. Maribel Verdú hace de la impostura el único rasgo visible de su interpretación, aunque bien es cierto que su personaje no ofrece mayores posibilidades. Aura Garrido no encaja ni como subinspectora ni como abnegada madre y esposa siguiendo, e incluso superando, la ya comentada impostura de su compañera de reparto. Y el siempre estupendo Roberto Álamo cumple sin más, quizá sabedor del escaso nivel de su personaje y del proyecto.

El asesino de los caprichos ni tan siquiera llega a oportunidad perdida a pesar de lo interesante que pueda resultar la base de una serie de crímenes inspirados en Goya. Es una película nacida muerta. Y la desgana de todos sus responsables queda impregnada en la totalidad de sus imágenes.

Joaquín Vallet Rodrigo

España, 2019. Director y productor: Gerardo Herrero. Guión: Ángela Armero. Fotografía: David Omedes, en color. Música: Vanessa Garde. Intérpretes: Maribel Verdú, Aura Garrido, Daniel Grao, Antonio Velázquez, Roberto Álamo, Ruth Gabriel.