PÉPÉ LE MOKO / EL MUELLE DE LAS BRUMAS

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PÉPÉ LE MOKO. Julien Duvivier

FRANCIA, 1937. T.O.: «PÉPÉ LE MOKO». DIRECTOR: JULIEN DUVIVIER. INTÉRPRETES: JEAN GABIN, MIREILLE BALIN, GABRIEL GABRIO, LUCAS GRIDOUX, GILBERT GIL. EDITADO POR DIVISA

 

EL MUELLE DE LAS BRUMAS. Marcel Carné

FRANCIA, 1938. T.O.: «LE QUAI DES BRUMES». DIRECTOR: MARCEL CARNÉ. INTÉRPRETES: JEAN GABIN, MICHEL SIMON, MICHÈLE MORGAN, PIERRE BRASSEUR, ÉDOUARD DELMONT. EDITADO POR DIVISA


El poeta Jacques Prevert describe a Jean Gabin, el hombre de mirada siempre azul y todavía infantil, con esta breve y hermosa composición: «Actor trágico de París, gentleman del cine isabelino en la periferia del film cotidiano ». André Bazin, por su parte, afirma que «el actor es el héroe trágico por excelencia del cine francés de antes de la guerra». Bruto bribón de mirada nostálgica, magullado y marcado irremediablemente por un destino trágico –recordemos por ejemplo su personaje de Le jour se lève (1939) de Carné–, hermano europeo de Bogart, gran mito de la interpretación del cine galo, seguido solo, y a cierta distancia, por Delon, Belmondo o Moreau, plasma con su figura, con sus representaciones, las esperanzas y fracasos de su tiempo.

Debuta muy joven como figurante en el Folies-Bergère e irrumpe en el cinematógrafo en 1928, a los veinticuatro años, participando en sketches silentes anónimos de las piezas breves Ohé! Les valises y Les lions. Antes de convertirse verdaderamente en Gabin tras el encuentro con Jean Renoir, Julien Duvivier, Jean Grémillon o Marcel Carné, trabaja incansable durante un lustro representando frente a la cámara el rol de rudo de buen corazón. Su encarnación en 1937 para Duvivier –con quien trabaja antes en las formidables La bandera (id.,1936) o La belle équipe (1936), esa agridulce evocación del Frente Popular– del antihéroe maldito y romántico Pépé le Moko, el príncipe de los desheredados, el rey de la Casbah de Argel, le concede el reconocimiento internacional. A continuación, situado en medio de un mundo que se derrumba, llegan las grandes creaciones, como ese desertor del ejército francés, Jean, que trata de huir en barco al exilio desde El Havre y termina abatido por los disparos de un bellaco y en brazos de la mujer amada, de El muelle de las brumas.

Editadas ahora por el sello Divisa, Pépé le Moko y El muelle de las brumas representan dos piezas capitales, interconectadas, de la filmografía del artista y también de la cinematografía francesa, de la Historia del Cine. La primera habla de los perdedores con apasionado romanticismo, la segunda, escrita por Prevert a partir de una novela de Pierre Mac Orlan, también, pero sumando además unas invenciones de puesta en escena, de escenografía, casi milagrosas. Unos hallazgos tan sobresalientes y decisivos para la evolución de la escritura gala –en sus fotogramas podemos encontrar anuncios de obras de Godard o Carax– que de algún modo convierten la película en una especie de verdadero corazón de la cinematografía, junto a tal vez L’Atalante (1934) de Jean Vigo. Obras de marcado acento fatalista, transcurren en escenarios excepcionales, casi fantasmales, poblados por apátridas y supervivientes magullados, como el sibilino madero Slimane, el pintor suicida o el tutor tirano Zabel interpretado por un colosal Michel Simon. La Casbah y El Havre en imagen son las fronteras que separan el tiempo desdichado del dichoso, una suerte de enrarecidas antesalas que conducen a una anhelada y abstracta libertad. Una libertad que finalmente solo está al alcance de unos pocos y a la que se arriba navegando. Los barcos aparecen en los fotogramas como símbolos de esa quimérica liberación. En El muelle de las brumas la nave parte poco después del fallecimiento del prófugo, es imposible efectivamente que Jean consiga abandonar la ciudad envuelta en niebla. En el largometraje de Duvivier el héroe, tras unos férreos barrotes, se suicida con un cuchillo tras ser detenido por el enemigo-amigo Slimane mientras contempla en el puerto la marcha de la adorada Gaby.



El amor, de veras, durante un instante parece que va a lograr salvar a los protagonistas. El soldado se enamora de Nelly, tras verla en un garito del puerto, y el ladrón de Gaby durante una huida con sus compinches. Tras el encuentro con las mujeres el mundo cambia para los personajes, la angustia se calma, incluso las lastimaduras parecen curarse casi milagrosamente. «Hoy es domingo» grita feliz Pépé mientras aguarda el momento de reencontrarse con la chica. Junto a la persona amada sí parece posible conquistar la utópica libertad.

Los films dialogan tan maravillosamente que pueden entenderse como dos partes de una única obra, o quizá, mejor dicho, casi como unos siameses que marchan en paralelo. ¿Acaso el desertor en El Havre no es el reflejo del hampón de la exótica Casbah? Como sea, estos personajes, unidos a los interpretados en La gran ilusión (La grande illusion, 1937) y La bestia humana (La bête humaine, 1938), de Renoir, o Remorques (1941), de Grémillon, suponen una perfecta muestra del extraordinario talento del gran héroe trágico Jean Gabin.

Ramón Alfonso