Gracias a Dios

en Análisis/En Primer Plano por

Fragilidad emocional y abuso sexual

La última película del prolífero cineasta francés François Ozon, Gracias a Dios, posee trazos estilísticos alejados de recientes propuestas del director, en parte por una elección muy particular a la hora de acercarse a un caso reciente, todavía en activo, sobre abusos sexuales por parte de un cura francés en Lyon.


1 Cuando Gracias a Dios (Grâce à Dieu, 2019, François Ozon) se presentó en el pasado Festival de Berlín, ganando el Gran Premio del Jurado, la historia en el que está basada seguía abierta. A comienzos del mes pasado -7 de marzo– se cerraba una parte en los juzgados: el cardenal francés Philippe Barbarin, uno de los prelados con más poder y uno de los líderes de la corriente más conservadora de la Iglesia Católica, dimitió tras ser condenado en Francia por haber ocultado durante años casos de pederastia en su diócesis de Lyon. Los jueces condenaron a Barbarin a seis meses de cárcel exentos de cumplimiento y al pago simbólico de un euro a las víctimas. Durante el proceso se consideró probado que el cardenal tenía conocimiento de los abusos sexuales denunciados por numerosas víctimas por el padre Bernard Preynat, capellán de campamentos «scouts» durante las décadas de los años setenta y ochenta. De hecho, el montaje de la película se concluyó poco antes de su presentación en Berlín. Se puede considerar que Gracias a Dios es una producción que habla, al menos en cuanto a su argumento, en tiempo presente. Los hechos que narran son muy recientes y el tema, los escándalos de pederastia en el seno de la Iglesia Católica, noticia casi diaria. Sin embargo, que la historia que plantea no quede del todo cerrada, no ocasiona demasiados problemas gracias al planteamiento de Ozon.

Gracias a Dios es la séptima película de Ozon en la presente década. Si se atiende a las seis previas, estamos ante la más sobria y aparentemente menos personal de ellas. Basta recordar las imágenes lindantes con lo kitsch de Potiche, mujeres al poder (Potiche, 2010) o Una nueva amiga (Une nouvelle amie, 2014), la estilización elegante de En la casa (Dans la maison, 2012) o Joven y bonita (Jeune & Jolie, 2013), los juegos visuales de El amante doble (L’Amant double, 2017) o la transgresión del academismo con Frantz (2016), para percibir en las imágenes de Gracias a Dios una completa lejanía con cualquiera de las aportaciones anteriores. Nunca ha sido Ozon un cineasta que, de una película a otra, haya apostado por el continuismo visual. Tras El amante doble, el director francés quería realizar una película sobre la fragilidad masculina tras varias obras con una fuerte presencia femenina en ellas. Cuando descubrió la plataforma «La Paraole Libérée» (La palabra liberada) y las denuncias de las víctimas al padre Preynat por abusos sexuales, investigó los sucesos y se entrevistó con algunas de las víctimas, encontrando el material perfecto para elaborar esa mirada hacia la fragilidad masculina, pero en un contexto muy específico y particular, el cual debía, evidentemente, equilibrar, consciente de estar ante una película cuyo contexto podía ahogar cualquier otra consideración.



A pesar de ese tema que es, evidentemente, central, Ozon no abandona su premisa inicial de afrontar la fragilidad emocional de sus personajes; pero lo hace en el marco de un drama que es tanto interior como exterior por su repercusión mediática. Desde el inicio de la película, Ozon deja claro sus intenciones e intereses. Gracias a Dios arranca con la imagen en la que vemos al cardenal Barbarin salir de la Basílica que corona la ciudad de Lyon, cáliz en mano. Un plano que posee unos trazos fantasmagóricos que contravienen el extremo realismo de la representación. Sitúa al espectador y crea ya una forma metafórica sobre un poder que abarca lo real, lo mundano, desde lo alto, lo inasible y lo inalcanzable, en un sentido tanto material como espiritual. Algo que descubrirá el primer personaje de la película, Alexandre (Melvil Poupaud). De clase media-alta, padre de cinco hijos, casado y católico practicante, descubre que el padre Preynat ha regresado a Lyon. A modo de detonante, recuerda lo que sufrió de pequeño y comienza unas gestiones legales en el interior de la Iglesia para solicitar que se retire a Preynat del trato con los niños.

3 Ozon construye toda esta primera parte con sobriedad documental, apoyando a las imágenes, o ampliándolas, con la lectura de los innumerables correos electrónicos que Alexandre intercambia para poder llegar hasta el cardenal y, posteriormente, lograr un cara a cara con Preynat. Alexandre, como católico, cree en la institución, en la posibilidad de reestructurar el orden en el caos. Cuando fracasa, recopila toda la información y la envía a la fiscalía: derrotado, lanza la información como único recurso. Un gesto final de su desesperación.

Y gracias a él, la policía comenzará una investigación que los llevará a François Debord (Denis Ménochet), cuyos padres ya habían denunciado años atrás los abusos que recibió. Reticente en un primer momento a remover el pasado, cambiará de idea y logrará contactar con otras víctimas, entre ellas Alexandre, para poner en marcha la asociación de víctimas y mediatizar el caso. Hasta ellos, finalmente, llegará Emmanuel (Swann Arlaud), el tercer personaje de Gracias a Dios y que sustente la tercera parte de la película tras la intermedia con François.

4 Ozon desarrolla la narración de Gracias a Dios con un sentido orgánico en el que cada personaje da el relevo al siguiente para, finalmente, converger, cada uno con su marcada individualidad y sus rasgos específicos a la hora de afrontar su posición en la lucha que llevan a cabo, conscientes de pertenecer a un colectivo homogéneo en cuanto a aquello que les une como de divergir a la hora de afrontarlo. Aunque Ozon no abandona en momento alguno su mirada de denuncia y de claro posicionamiento, intenta lanzar una mirada plural, mostrando las diferentes aristas y las distintas maneras de encarar el trauma. Sin abandonar la sobriedad que marca las imágenes de la película, impone a cada una de las tres partes de un sentido diferente en cuanto a ritmo y a tono que sirve para hablar de cada personaje.

La parte de Alexandre viene marcada por unas imágenes sobre las que constantemente escuchamos voces en off correspondientes a los diferentes emails que se escribe, produciendo una doble narración –lo que vemos, lo que escuchamos– que da cuenta de una movimiento –el de Alexandre– y de una imposibilidad de avanzar en las gestiones. En cuanto a François, el cineasta introduce un ritmo más frenético a la narración, más cercano a una cierta idea de thriller de investigación, que viene marcado por la toma de conciencia del personaje, que va de la negación a la obsesión sin casi paso intermedio entre dos estados contrapuestos. En cuanto a Emmanuelle, personaje más frágil que los dos anteriores, con problemas pasados y un estado de salud delicado, además de pertenecer a una clase social menos acomodada con los otros dos, Ozon opta por un tono más melodramático, aunque sin caer en grandes excesos, que produce un determinado contraste con las otros dos partes. Pero Ozon no cambia en ningún momento una construcción de los planos rigurosa, muy aséptica, adecuada para no intervenir con la cámara más de lo necesario. En comparación con películas anteriores del cineasta, se percibe una contención que se intuye proviene de un respeto, o un miedo, hacia el tema tratado, como si cualquier salida de tono pudiese contravenir el fondo de aquello que está mostrando.



Hay en esos relevos narrativos, además, una transición que va desde lo institucional a lo personal pasando por lo público, que tiene, finalmente, su lógica en el conjunto en cuanto a que Ozon, quizá recuperando su idea inicial de hablar de la fragilidad masculina, muestra un especial interés en centrarse en lo íntimo y personal, en una mirada humana hacia unos personajes cuyos traumas pasados posiblemente nunca podrán ser superados del todo. Gracias a Dios, en este sentido, posee una cierta complejidad a la hora de plantear un tema que suele verse y analizarse desde la instrumentalización y la polarización en las posiciones, olvidando que cada individuo, cada caso, puede ser diametralmente opuesto al de otros. El dolor de las víctimas es compartido, pero su gestión no tiene porqué ser la misma. Ozon se adentra en sus dudas y en sus miedos, en cómo afrontar el presente y el futuro cuando episodios del pasado no están cerrados y, posiblemente nunca llegarán a estarlo. De hecho, la confesión pública del padre sobre sus abusos apenas supone un remedio a su dolor cuando la institución católica no actúa. En este aspecto, Ozon realiza un interesante retrato del padre Preynat al evidenciar que la fe producto de sus creencias impone una forma de perdón y de arrepentimiento muy concreto.

Gracias a Dios resulta una película por momentos árida y exigente a la hora de seguir un entramado argumental sencillo en su base, aunque poblado de datos y de movimiento, pero que tiene la capacidad de detenerse en sus personajes, de ahondar en ellos, no siempre con el mismo acierto y no en todo el momento consiguiendo sus propósitos. Pero desde luego resulta, más allá del tema tratado, o por ello mismo, una película más interesada en adentrarse en los infiernos personales de tres individuos cuyas vidas más o menos transitaban en la normalidad hasta que el pasado, de nuevo, se apareció ante ellos para cambiar sus vidas. También para cuestionar su fe en un sistema de valores en el que hasta entonces se habían apoyado.

Israel Paredes Badía


Francia, 2018. T.O.: «Grâce à Dieu». Director y guión: François Ozon. Productores: Eric Altmayer, Nicolas Altmayer. Música: Evgueni Galperine, Sacha Galperine. Fotografía: Manuel Dacosse, en color. Intérpretes: Melvil Poupaud, Denis Menochet, Swann Arlaud, Eric Caravaca, François Marthouret, Bernard Verley, Josiane Balasko.