EN LEGITIMA DEFENSA

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EN LEGITIMA DEFENSA Henri-Georges Clouzot

FRANCIA, 1947. T.O.: «QUAI DES ORVEVRES». DIRECTOR: HENRI-GEORGES CLOUZOT. INTERPRETES: LOUIS JOUVET, SIMONE RENANT, BERNARD BLIER, SUZY DELAIR, PIERRE LARQUEY. EDITADO POR DIVISA.


Tras la deslumbrante Le corbeau (1943), Henri-Georges Clouzot retorna a la realización, después del obligado lapsus que vivió, sufriendo la acusación de colaboracionista. En legítima defensa supone, pues, su definitiva normalización como cineasta, aunque, justo es reconocerlo, su obra proseguiría en idénticos parámetros a los ensayados en sus anteriores exponentes. De hecho, nos encontramos de nuevo ante una trama criminal, descrita en la contemporaneidad de su rodaje, describiendo un contexto social, dominado por la inquietud. Basado en una novela del belga Stanislas André Steeman –que sirvió a Clouzot en su debut con El asesino vive en el 21 (L’assassin habite… au 21, 1942)–, En legítima defensa es una muestra más de las diversas vueltas de tuerca que el extraño y valioso cineasta francés brindó a la sociedad francesa de su tiempo, a la que supo retratar, poniendo siempre en primer término, la mezquindad de un mundo en el que impera el arribismo. Quedará representado en esa mujer –Margueritte (Suzy Delair)– decidida en someter su estabilidad personal, logrando un rápido ascenso a la fama, que será descrito por el cineasta con febrilidad, contraponiéndolo con el carácter apocado de su esposo –Maurice (Bernard Blier)–. El director hace física esa sensación de podredumbre moral, que impera en un contexto dominado por medradores, seres frustrados, y personas que utilizan su fortaleza económica, para lograr sus objetivos, por más que estos resulten nauseabundos –como la costumbre del siniestro Brignon (Charles Dullin) de mandar fotografiar desnudas muchachas de dudosa reputación–.

La película aparece dividida en dos mitades, caracterizándose la primera de ellas por su alcance descriptivo, y la segunda por el seguimiento de un rápido caso policial, que irá adquiriendo una irrespirable aura, y en la que el inspector Antoine (Louis Jouvet) irá demostrando su capacidad deductiva, casi una forma de existencia, en un hombre que atesora un pasado oscuro en África, del cual tan solo le queda como esperanza su pequeño hijo. Todo ello, sucederá en un contexto turbio a través de una expresiva galería de personajes –incluso aquellos que devienen episódicos–, confluyendo en una mirada global, en ocasiones diluida en su seguimiento argumental –aunque nos ofrezca un inesperado giro final–, ofreciendo numerosas claves visuales, reveladoras de la personalidad de su artífice. Esa querencia por la planificación tras enseres y sombras que insinúan opresión –a este respecto, el plano final apostará por esa liberación del inspector, de un pasado que podrá dejar atrás–. O la agudeza con la que se le muestra por vez primera, dibujando un triángulo que servirá de preludio a ese caso que va a tener que asumir.

La conclusión irá precedida de una angustiosa catarsis en la que los sentimientos de las dos mujeres –no olvidemos a la bondadosa Dora (Simone Renant)–, quedará encadenada al encarcelamiento de Maurice, hundido en su débil personalidad. Entre la copiosa nevada, y el sonar de las campanas en nochebuena, este intentará suicidarse, en una dolorosa secuencia. Un pasaje intenso, y representativo de un cineasta osado e iconoclasta, que plasmó una obra llena dura y precisa, de enorme vigencia.

Juan Carlos Vizcaino