Dusan Makavejev: El artista de las dulces películas

en Directores/In memoriam por

Creador asociado a la llamada Ola Negra del cine yugoslavo, enfant terrible del cine del Este de la Modernidad, y autor en los años setenta de las célebres, controvertidas y formidables Sweet Movie y W.R. Los misterios del organismo, Dusan Makavejev fallece en Belgrado a los ochenta y seis años, más de dos décadas después de estrenar su último trabajo.


 

UNA GROTESCA Y GRAN CABEZA DE CARTÓN de Karl Marx, acaso sacada de una función teatral coyuntural y contestataria, particulariza, a modo de tosco mascarón, la proa de la destartalada embarcación, abarrotada de azúcar, dulces, sangre y utopías revolucionarias, que cruza los canales de Ámsterdam en varias imágenes de Sweet Movie, quizá el largometraje más sobresaliente y recordado del cineasta de Belgrado Dusan Makavejev. En 1974, año de la presentación de la película, la conocida efigie del filósofo alemán, sopapeada por la crisis de las civilizaciones y las convicciones, muta en monigote gris y herido. Arrancado de las manos de los dirigentes, y separado de la propaganda viciada, se convierte en una suerte de apátrida condenado a vagar por diferentes escenarios acompañado de marginados entusiasmados. A mediados de los años setenta, todavía arrastrando la resaca de Mayo del 68, un marinero del Potemkin, encarnado con conmovedor acierto por Pierre Clémenti, vaga cerca de los canales expulsado de la historia oficial. Entonces, la lucha solo puede adoptar la forma de una fábula sangrienta y desquiciada. Diez años atrás la figura de un lozano Marx preside y observa desfiles y celebraciones en alguno de los cortometrajes de corte documental preparados por Makavejev para la Zagreb Film, como por ejemplo el discutido Parada (1962). Es el tiempo del mariscal Tito. Una década más tarde, sobre un escenario fantasmal y laberíntico azotado por numerosas tensiones, mientras la Unión Soviética se resquebraja, la imagen cae y es sustituida. En 1985 el cineasta sostiene que el dios Marx se topa al fin, ya debilitado, cara a cara, con un feroz e imbatible adversario, la deidad del capitalismo occidental, la Coca-Cola.



Arriba: «W.R. Los misterios del organismo» (1971). Abajo: «Sweet Movie» (1974).

Así, The Coca-Cola Kid detalla la derrota del pensador y la definitiva toma del poder de la figura yanqui. En la cinta inspirada en dos escritos cortos de Frank Moorhouse un representante de la marca estadounidense, interpretado por Eric Roberts, viaja a Australia con la misión de estudiar el volumen de venta del producto y desarrollarlo en los territorios más indiferentes. El delegado- apóstol pronto descubre que el negocio en una determinada zona es ruinoso por culpa de un empresario local productor de su propia bebida gaseosa. En una de las mejores secuencias del film Makavejev plasma a la perfección el raudo proceso de colonización lanzado por la sociedad de consumo mostrando un convoy de camiones rojos conducido por chóferes disfrazados de Santa Claus rumbo a la conquista de la tierra controlada por el opositor ya achacoso. La película explica la ocupación y la reinterpretación de los símbolos en un contexto agitado con fotografías tan elocuentes como la que muestra el rostro de Lenin en un flyer colorado junto al slogan «It’s the Real Thing», uno de los más recordados de la bebida. Asimismo, supone el punto final al concienzudo y subjetivo análisis sociopolítico- sentimental-sexual emprendido por el director a mediados de los años cincuenta con sus primeros trabajos, instalado en la Yugoslavia natal. Finalizado dicho examen, curiosamente en espacios australianos, casi en el fin del mundo, la obra parece atascarse y ninguna de las escasas piezas posteriores obtiene una repercusión parecida a la de las previas. Sin embargo, aunque la política y su discusión son fundamentales en la filmografía, el cineasta no es efectivamente un cronista, o por lo menos no lo es desde un enfoque estándar o cómodo. En su primer largometraje, Covek nije tica (1965), algo así como El hombre no es un pájaro, pese a las apariencias vulnera la dominante estética realista, mientras configura uno de sus temas esenciales, el conflicto entre el tradicionalismo atrofiado y los aires renovadores unidos a individuos de las nuevas generaciones. El persistente destrozo del naturalismo, incluso de sus huellas, casi la negación de cierta realidad, se torna en acentuada seña identificativa de la mirada de un artista fascinado desde siempre por la escritura de vanguardia, en particular la conectada al surrealismo –pensemos quizá en la cabeza decapitada habladora de Milena Dravic en W.R. Los misterios del organismo–, las técnicas del collage, y también la fantasía, un creador que ilustra de forma modélica las preocupaciones y búsquedas de determinado cine de la Modernidad. La atracción por lo onírico, también por el erotismo libertario de los surreales galos, se aprecia ya en sus títulos inaugurales, verbigracia en los cortos Antonijevo Razbijeno Ogledalo (1957) o Spomenicima ne treba verovati (1958), donde presenciamos historias de amor entre sujetos y maniquís o estatuas. La perseverante entrega de unos cuadros imaginarios individualizados por la admirable, y extrema, unificación de provocadora violencia, sátira y tragedia, revelan a un creador casi único, íntimamente unido a la escritura poética.

Ramón Alfonso