EL CORAZÓN DEL ANGEL

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EL CORAZÓN DEL ANGEL Alan Parker

USA-RU-CANADÁ, 1987. T.O.: «ANGEL HEART». DIRECTOR: ALAN PARKER. INTÉRPRETES: MICKEY ROURKE, ROBERT DE NIRO, LISA BONET, CHARLOTTE RAMPLING, STOCKER FONTELIEU, BROWNIE MCGHEE. EDITADO POR DIVISA HOME VIDEO  


Colocada en el relato por Alan Parker muy poco después de la agresiva y desvariada secuencia del encuentro sexual en ese hotel del embrujado y supersticioso Nueva Orleans de 1955, y todavía ubicada en la grasienta localización, la fugaz imagen del rostro reflejado y partido en varios trozos del detective privado Harry Angel supone un impresionante resumen del progresivo proceso de autodestrucción al que se ve sometido el personaje interpretado por un sublime Mickey Rourke a punto de estallar en mil pedazos tras ser absolutamente devorado por sus fantasmas. La lámina rota del investigador proporciona una pista casi fundamental al espectador de la terrorífica solución del caso, anticipando el destino de un hombre que verdaderamente en el acto final revienta después de encontrarse por última vez con el misterioso individuo, ese Louis Cyphre representado por Robert De Niro, que le contrata en los primeros minutos de proyección para localizar a un antiguo cantante desaparecido, Johnny Favorite, desde los días de la Segunda Guerra Mundial. Así, El corazón del ángel, perturbadora traducción a celuloide de la novela de William Hjortsberg, aparece como una desquiciada y sombría crónica, paulatinamente asfixiante y feroz, de la bajada a los infiernos de su protagonista. Parker, seguro del planteamiento, construye la película violentando emociones y géneros, impulsando un mestizaje enrarecido a partir de esencialmente la conjugación de la difunta categoría noir y el cine de horror, y enfrentando una y otra vez, en choques bruscos, realismo y oscurantismo. El avance de Angel por el tablero, cubierto por una atmósfera malsana derivada de la fotografía y la utilización del sonido, pero sobre todo de la caligrafía ida fijada por el director, se asemeja al paso por una pesadilla profunda montada a partir de terrores primarios, atávicos. Es la busca casi imposible de Hyde por Jekyll y la marcha por un cementerio ocupado por cadáveres del propio cinematógrafo. El detective de Rourke, descendiente bocazas y desaliñado de Bogart, Mitchum o incluso el Quinlan de Welles de Sed de mal (Touch of Evil, 1958), viaja hacia el Estigia vigilado, y tal vez también juzgado con severidad, por los espectros del lejano clasicismo. Las imágenes de Parker hablan desde la posmodernidad de los años ochenta, otra vez, de la muerte del cine clásico, también claro de la violenta, en ocasiones sangrienta, clausura del ciclo de la Modernidad. En consecuencia, el propio film afirma con valentía, con rotundidad, que se levanta a partir de la exhumación y la posterior suma brillante de piezas descompuestas y dispares, para resultar una suerte de trastornado artefacto obsesionado casi por encima de cualquier otra cuestión con hallar su identidad. De esta manera, parece recorrer, al menos en determinados actos, un camino idéntico al de su protagonista. En busca de sí mismo, el largometraje intenta incluso a la desesperada fijar una charla fragmentada con esa otra apasionante obra bastarda que es Blade Runner (id., Ridley Scott, 1982). Hermanadas esencialmente por alucinantes diseños de producción parejos y el atormentado cuestionamiento del ser, en marcos agitados evocadores del pasado, se interrogan sobre la condición humana. El escalofriante plano de Rourke, hermanastro del introvertido Deckard de Ford, gritando frente al espejo en los minutos finales refiriéndose a la cuestión explica inmejorablemente la identidad perturbada y múltiple de uno de los mejores films norteamericanos de su tiempo.

Ramón Alfonso