EL QUINTETO DE LA MUERTE

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EL QUINTETO DE LA MUERTE Alexander Mackendrick

RU, 1955. T.O.: «THE LADYKILLERS». DIRECTOR: ALEXANDER MACKENDRICK. INTÉRPRETES: ALEC GUINNESS,, KATIE JOHNSON, PETER SELLERS, CECIL PARKER, HERBERT LOM. EDITADO POR DIVISA.


Considerada por Alexander Mackendrick como una metáfora de la decadencia del Imperio Británico, se encuentra presente en ella una de las máximas de su cine: el poder destructor de la inocencia. Sin embargo, El quinteto de la muerte se apoya sobremanera en sus contrastes. La oposición entre la personalidad dulce y firme, de la anciana Sra. Wilberforce (maravillosa Katie Johnson), y ese grupo de patéticos ladrones que, camuflados como falsos músicos, se introducirán en su vivienda como inquilinos, planificando un atraco. Esos contrastes se trasladarán a dichos personajes. Anclada en una vivienda llena de viejos objetos, la Sra. Wilberforce trasladará una mentalidad anacrónica. Ese mundo entrará en colisión con el materialista que define los torpes malhechores, representantes de esa otra Inglaterra, traumatizada tras la II Guerra Mundial. Mackendrick acertará incidiendo en esa permanente oposición, contraponiendo una iluminación convencional al entorno de la anciana, con las angulaciones y sombras que caracterizarán la andanza de los ladrones.

Fue esta la primera vez que Mackendrick utilizó el color. Otto Keller vehicularía como operador la imaginativa manera con la que el realizador incorpora manchas y efectos visuales, pintando y llamando la atención en determinados momentos, en especial en el interior en la decadente vivienda. Algo que cabrá ligar a un elemento muy presente, entroncando con la previa experiencia del cineasta como dibujante técnico: la presencia de pequeñas fugas cómicas. Momentos de transición, que enriquecerán diversos instantes –el pájaro que cambia de aspecto al inflamarse sus plumas, ese plano en contrapicado que introduce en escena al difunto marido de la protagonista–. De hecho, el propio cineasta aludiría a la intencionada configuración de El quinteto de la muerte como un gigantesco dibujo animado.

Pese a la general definición como muestra de humor negro, dicha sordidez se acrecienta en su tramo final, con esa divertida y absurda sucesión de muertes. Hasta llegar a ese momento, el film de Mackendrick se mantendrá en un terreno de efectivos contrastes –ejemplar resulta a este respecto la inolvidable reunión de las ancianas amigas de la protagonista–, coqueteando con acierto con el nonsense –el impagable momento en el que accidentalmente se rompe la funda del violín, dejando en plena calle el importe del botín–, e incluso con otras corrientes cinematográficas habituales entonces en Inglaterra –el preciso episodio del atraco–.

Por encima de ese creciente sesgo macabro, si algo caracteriza, pese a sus aparentes costuras amables, El quinteto de la muerte, es su desesperanzada visión de la condición humana. Su discurrir despliega una galería de personajes, a cual más mezquino, en el que no escapa la imperturbable personalidad de esa viuda pesada y metomentodo, creando problemas allá por donde pisa, al creciente nihilismo que irán exteriorizando los cinco asaltantes –admirables en la diversidad con que se describen sus trazos psicológicos–, sin pasar por alto eses agentes cordiales en apariencia, pero dominados por una extraña deshumanización. Todo confluye en una mirada sombría, partiendo del aporte del norteamericano William Rose, a la hora de proponer un guión magnífico, en el que en ciertos momentos se agudiza de manera muy especial esa visión cáustica y cruel.

Juan Carlos Vizcaíno Martínez