Cuando el censor eres tú

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En torno a la cultura y la libertad de expresión

No demos nunca por sentada la libertad de expresión. Menos en el ámbito cultural. Cada vez que parece calar la idea de que es esencial para garantizar la lucidez, la amplitud de miras, el talante crítico del individuo, una nueva ola de intolerancia colectiva se cierne sobre ella. Vuelve a suceder. Lo peculiar es que el ánimo censor ha pasado a ser patrimonio del prescriptor cultural, incapaz de soportar la inestabilidad socioeconómica presente y ansioso por exigirle reparaciones al mundo desde una supuesta diversidad identitaria que no es sino una manifestación paradójica, en palabras del filósofo Byung-Chul Han, «del infierno de lo igual; la intolerancia, el pavor, a todo lo que no sea el propio reflejo».


«La verdad y la felicidad no van juntas. La verdad duele, trae inestabilidad, arruina el fluir de nuestras vidas diarias. La elección es nuestra: ¿queremos ser feliz e hipócritamente manipulados por nuestro propio bien, o exponernos a los riesgos de la auténtica creatividad?» Slavoj ≥iÙek (1)

I. «SÍ, PERO…»

Para quien esto escribe, las alarmas sonaron con tanta intensidad como para que soslayarlas representase un ejercicio de cobardía, cinismo o complicidad cuando, tras el atentado yihadista de 2015 que costó la vida a doce personas en la redacción parisina del semanario «Charlie Hebdo », un sector significativo de la esfera pública española, fermentado sobre todo en redes sociales, relativizó la gravedad del suceso o la disculpó con eufemismos. Mayormente, el «sí, pero…» que, de un tiempo a esta parte, descubre de inmediato a quien todavía no se atreve a expresar en voz alta su talante censor, pero estaría encantado de aplicarlo si fructificasen sus sueños húmedos virtuales en torno a regímenes capaces de barrer con Mariano Rajoy, las extremas derechas, Donald Trump, quienes, mientras, colonizan sin obstáculos el desierto de lo real.

Lo más inquietante era constatar cómo muchos de los «sí, pero…» con que se difuminaban los lamentos por la matanza de articulistas e historietistas procedían, no ya de social justice warriors, opinólogos inmaduros, ruines y fanáticos; también, de ilustradores, humoristas gráficos, críticos y divulgadores culturales, encantados de poner en la picota la libertad de expresión que acredita su labor al repudiar el carácter machista, homófobo, racista y un largo etcétera de acusaciones genéricas y perezosas –la cultura no es el fuerte de quienes pastorean en nuestro país la cultura; «Charlie Hebdo», como tantas otras publicaciones, jamás ha sido un referente–, que delataban presuntamente en su práctica de la sátira sus colegas asesinados. Estos, se llegó a decir, habrían debido ser más prudentes y responsables, más considerados en sus chistes hacia los innumerables colectivos que en tiempos recientes ha convenido reinterpretar en términos de victimización, marginalización, invisibilización, en un estallido de compromiso social cuya razón de ser primera es la pérdida auténtica o percibida de calidad de vida como consecuencia de la recesión económica iniciada en 2008.

No tiene sentido otorgar a la ola perturbadora de indignación, de demagogia que se vive en Occidente desde entonces, embravecida por el auge en 2011 de movimientos sociales y el influjo nefasto de las redes sociales y su cultura de la transparencia –que hace de cuestiones vitales tendencias frívolas y despóticas de sobremesa– un coeficiente de transformación real o de argumentos a considerar seriamente. La cultura del resentimiento y la queja, de la bajeza moral, ha terminado por abarcar cualquier faceta de la vida, lo que desactiva la motivación que pudiera tener cada cual en origen. Motivación, por otra parte, fruto en demasiadas ocasiones del contagio histérico. No importa que hablemos de la emancipación de las mujeres o los derechos de los inmigrantes, el medio es el mensaje: lo que se produce a diario en manifestaciones callejeras e Internet son batallas campales por un lugar en el sol entre oportunistas, entrepeneurs morales capaces de recurrir incluso al canibalismo si no encuentran oponentes. La pugna por una nueva hegemonía sociocultural deudora de la ansiedad identitaria –el miedo cerval a la irrelevancia existencial y económica, a la confusión y precariedad del ahora– ha enredado en una exposición grotesca de sus grados respectivos de opresión a feministas y sus siniestros aliados, veganos, ecologistas, portavoces de diversidades sexuales y funcionales, ciclistas, calvos, minimalistas, padres y madres con hij@, taxistas, princesas millennial del guisante, creyentes en todo tipo de disciplinas alternativas y esotéricas, gordas, nacionalistas, kellys, celíacos, animalistas, zurdos.


La cacería de ciertos cineasta ha permitido plantear que algunas de sus realizaciones sobran



II. BALLENAS BLANCAS

Una parada de los monstruos cuyo narcisismo e intolerancia, cuyo hozar en la subjetividad más mezquina y la pornografía sentimental, deriva en supremacismo moral, invenciones, linchamientos o, como se adelantaba, la justificación más o menos explícita de la violencia intimidatoria que se alinea con las frustraciones e intereses propios. Algo entendible si se considera que más de uno y dos de los influencers que pretenden hacer fortuna en Twitter o publicaciones de tendencias con sus tesis contrahechas en contra de TODO tienen escasa edad física o mental, carencias humanísticas elementales transustanciadas en créditos y titulaciones, o psicopatologías graves que no resuelven en el diván sino con su autoexplotación emocional en público. Much@s de ell@s serán pasto en breve de frenopáticos o moteles de carretera.

Semejante nave de los locos sí suele coincidir a la hora de reconocer un enemigo común: el Hombre Heterosexual Blanco. Un leviatán monolítico, fabuloso, unidimensional, responsable de todos los males, que ha manipulado durante milenios cual Matrix los sueños de una humanidad lela, indefensa, y se ha arrogado en bloque y en exclusiva privilegios entre los que se cifran la cultura del mérito, el esfuerzo y el talento. Lo que, habida cuenta del penoso nivel intelectual y retórico que evidencian la mayoría de los alegatos enarbolados por las mareas de humilladxs y ofendidxs, puede que sea cierto.

En lo relativo al cine presenciamos en últimos años, con virulencia singular en el panorama anglosajón, la cacería de fantasmáticas ballenas blancas como Lars von Trier, Bernardo Bertolucci, Steven Spielberg, Jean-Claude Brisseau, Alfred Hitchcock, Roman Polanski y Woody Allen, en base a narrativas en las que se han confundido los pecados mortales o veniales del cineasta, y un empeño artero por equiparar sus debilidades y miserias con sus facultades artísticas, lo que ha permitido plantear que ciertas realizaciones de los citados sobran en comercios y webs de visionado en streaming. Clásicos problemáticos como El nacimiento de una nación (1915), Lo que el viento se llevó (1939) y Lolita (1962) afrontan cada vez más impedimentos para su exhibición por culpa de plumillas ignorantes que irrumpen en debates sobre ellos abiertos hace décadas… Lo más grave atañe al audiovisual de masas, desdeñado tradicionalmente, subversivo y alienante en igual medida mientras estuvo librado a las dinámicas del mercado y el subconsciente colectivo, y víctima hoy, como el grueso de la cultura popular, de un proceso brutal de liofilización y amaestramiento. De la presión de minorías vindicativas y la picaresca comercial emanan engendros como Un pliegue en el tiempo (2018), mezcla casi distópica de manual de guardería, libro terapéutico de autoayuda y agitprop mesiánico a costa de las cualidades de la ficción.


Dos cineastas en la picota de la corrección política: Bernando Bertolucci (arriba., foto de «El último tango en París») y Alfred Hitchcock.

III. MISTERIO Y DESPRECIO

Es el momento de señalar que la democratización del acceso a la tecnología y la generalización en las sociedades avanzadas de la cultura como valor de cambio, más aún, como elemento prioritario para la «producción de identidad» (2), no ha traído consigo una auténtica sofisticación del pensamiento acerca de ambos aspectos, como tampoco sobre las complejidades de la ficción. Quod natura non dat, Salmantica non præstat. Los prejuicios, cuando no el odio, que se vislumbran en el prescriptor cultural concienciado cuando se asoma a lo creativo, son equiparables a los de sus mayores, los buenos ciudadanos temerosos de Dios y las buenas costumbres, cada vez que algo amenazaba su medianía existencial, la vulgaridad de lo cotidiano, que hoy se ensalza con las vitolas de la ideología y la gentrificación para reprimir, como siempre, los estados peligrosos y trascendentes del espíritu: «el alma humana solo puede abordarse desde lo inmoral y la transgresión, desde lo incomprensible y el misterio, que destapan la oscuridad que caracteriza toda vida. Es algo que no tiene nada que ver con lo justo o lo injusto, sino con nuestra naturaleza» (3).

Parece pertinente por todo ello apelar al radicalismo aristocrático nietzscheano; recuperar una ética y una estética del desprecio para con los apóstoles de la satisfacción cuqui, cuyas nociones del compromiso y la diversidad son fácilmente mensurables, para empezar por ellos mismos, en clave de etiquetas y algoritmos que sirven a redes sociales como Facebook, productoras como Disney y plataformas como Netflix para dejarles ahítos de pienso a la medida de sus limitaciones sectoriales; para atiborrarles con un flujo de información, comunicación y eslóganes emasculado de valores expresivos discordantes, que actúa como espejo y no como abismo, que halaga una ilusión consumista de la diferencia en el marco de un «purgatorio global de lo idéntico» (4).

Si algo nos enseña la historia es que nada vuelve a ser igual tras épocas convulsas, y que renunciar a interesarse por los nuevos paradigmas sociológicos que traen consigo supone abocarse a la extinción. Pero también nos advierte de que a la larga nadie sale indemne de arremeter contra la libertad de expresión, por mucho que haya presumido para coartar la práctica de la cultura, lo artístico, la ficción, de las mejores intenciones; de un ánimo constructivo en torno a lo necesario de una creatividad atenta a lo correcto, lo provechoso, lo adecuado para nuestro bien y el de una realidad a configurar como espacio seguro, cuando esta se caracteriza de facto por derivas ingobernables. «Los censores», reflexionaba Charles Bukowski, «necesitan sepultar las evidencias profundas sobre ellos mismos y los demás, sus rincones oscuros, por miedo a enfrentarlos (…) el adoctrinamiento educativo los protege y finalmente los paraliza de cara a la existencia» (5). Es lo que estamos permitiendo que suceda hoy y lo que, con razón, se nos recriminará mañana.

Diego Salgado

(1) ≥I≥EK, Slavoj (2018): «Sujetos felizmente manipulados, no, gracias», 17 de abril en Página/12, https://www.pagina12.com.ar/108642-sujetos-felizmente- manipulados-no-gracias.

(2) BRONCANO, Fernando (2017): «La producción cultural de identidad», 27 de agosto en «El laberinto de la identidad», http://laberintodelaidentidad.blogspot. com.es/2017/08/la-produccion-cultural-de-identidad. html.

(3) LIDDELL, Angélica (2016): «La poesía es la rebelión contra el Estado», 16 de febrero en la edición online de «El País», https://elpais.com/cultura/ 2016/02/09/babelia/1455042695_683519.html.

(4) GRAS BALAGUER, Menene (2014): «El Mundo como Hipermercado: Byung-Chul Han y el infierno de lo igual», 22 de septiembre en Casa Asia, https: //www.casaasia.es/noticia/detalle?id=213900.

(5) USHER, Shaun (2011): «Charles Bukowski on Censorship», 18 de octubre en «Letters of Note», http://www.lettersofnote.com/2011/10/charles-bukowski- on-censorship.html.