Isao Takahata: El gigante olvidado

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Fallecido el pasado 5 de abril a los 82 años, Isao Takahata merece ser recordado como uno de los grandes maestros del «anime» y una referencia imprescindible del género de animación contemporáneo.


EL GIGANTE OLVIDADO. Este era el subtítulo, del cual me apropio, que utilizaba el amigo Roberto Alcover Oti en su aportación a «Cine de animación japonés » (Semana de Cine Fantástico y de Terror de San Sebastián, 2008; Antonio José Navarro, coord.) centrada en la figura y la obra de Isao Takahata (Uyimada, actual Ise, 29 de octubre de 1935 – Tokio, 5 de abril de 2018), respecto al cual añadía las siguientes impresiones, que suscribo plenamente: «Oculto tras la larga sombra de Hayao Miyazaki (…), Isao Takahata permanece todavía hoy sumido en una especie de claroscuro crítico, pese al interés cada vez más generalizado por el cine de la productora de animación Ghibli, fundada por ambos artistas en 1985. Podría añadirse que Takahata, nacido en 1935, sería el hemisferio izquierdo (la lógica) del estudio mientras que Miyazaki sería su hemisferio derecho (la fantasía), conformando un cerebro homogéneo que bascula entre una concepción realista y fantasiosa de la realidad: mientras Miyazaki explora universos imbuidos de una imaginación desbordante, Takahata siente más apego hacia las tramas de corte costumbrista, no ajeno sin embargo al matiz fabulesco, habitualmente descargado en los personajes de apariencia zoomorfa» (op. cit., págs. 348-349).


«Mis vecinos los Yamada», 1999.

Esa aparente minusvaloración del cine de Takahata con respecto al de Miyazaki se alimentó también, y durante muchos años, en base a dos buenas razones, una de ellas ampliamente difundida, la otra, no tanto. La primera de ellas reside en el hecho de que Miyazaki y Takahata colaboraron juntos en diversas producciones animadas para televisión y cine ya mucho antes de la fundación del estudio Ghibli, y la notoria fama del primero a raíz del éxito internacional de El viaje de Chihiro (Sen to Chihiro no kamikakushi, 2001) eclipsó, acaso involuntariamente, los méritos de Takahata, considerados como tales tan solo a la luz de su utilidad o su carácter de complemento de los de Miyazaki. A ello hay que añadir la segunda gran razón a la que me refiero: la aparente modestia de la contribución de Takahata al anime si la comparamos, nuevamente, con la repercusión mundial obtenida por Miyazaki a lo largo del presente siglo, algo completamente injusto si tenemos en cuenta que la obra de Takahata no desmerece en absoluto al lado de la su amigo y socio, antes al contrario.


«El viaje de Chihiro», 2001.

«El cuento de la princesa Kaguya», 2013.

Licenciado en Literatura Francesa por la Universidad de Tokio, el interés de Takahata por el cine de animación, nacido a raíz de un admirado visionado del primer montaje de Le roi et l’oiseau (Paul Grimault, 1952-1980-2003), le llevó a encontrar empleo en el departamento de animación de la Toei. Con el apoyo del animador Yasuo Otsuka, Takahata realizaría su primer largometraje para el cine, La princesa encantada (Taiyô no ôji Horusu no daibôken, 1968), en el cual Miyazaki colaboró como diseñador de escenarios; pese a su fracaso comercial, La princesa encantada es un título crucial dentro de la carrera de Takahata y de la historia del anime. La asociación con Miyazaki le llevó a desarrollar diversos trabajos de animación para televisión, siendo los más famosos Heidi (ídem, 1974) y Marco, de los Apeninos a los Andes (Haha wo tazunete sanzenri, 1976), cuya popularidad acaso también contribuyó, en parte, a subvalorar la labor de Takahata, considerándolo un mero «director de televisión», en un momento en que esta clasificación profesional todavía era un menosprecio. A todo ello hay que sumar la escasa cantidad de sus posteriores largometrajes para el cine y la relativa difusión internacional de los mismos (en comparación, de nuevo, con los de Miyazaki), y eso a pesar de su gran calidad: Jarinko Chie (1981), Sero hiki no Gôshu (1982), La tumba de las luciérnagas (Hotaru no haka, 1988), Recuerdos del ayer (Omohide poro por, 1991), Pompoko (Pom Poko/ Heisei tanuki gassen ponkoko, 1994), Mis vecinos los Yamada (Hôhokekyo tonari no Yamada-kun, 1999), Akage no An: Gurîn Gêburuzu e no michi (2010) y El cuento de la princesa Kaguya (Kaguyahime no monogatari, 2013). Takahata era un artista de lo cotidiano, un poeta de la fábula, como bien demuestran obras maestras del calibre de La tumba de las luciérnagas o El cuento de la princesa Kaguya, además de un audaz experimentador, como certifica Mis vecinos los Yamada, un film de animación digital con la sencilla apariencia de la animación tradicional, cuya máxima depuración se alcanzaría en la mencionada El cuento de la princesa Kaguya, elegida por los críticos de esta revista como la mejor película estrenada en España entre el 31 de octubre de 2015 y el 31 de octubre de 2016, ex aequo con Carol (ídem, 2015, Todd Haynes).

Tomás Fernández Valentí