El pequeño salvaje

en Cine afroamericano/SubDossiers por

La nueva película del director afroamericano Barry Jenkins, sensación crítica de la temporada en Estados Unidos, confirma las expectativas despertadas por sus cortos y su primer largometraje, Medicine for Melancholy (2008); Moonlight parte del relato en tres episodios de la vida de un joven, para brindar una bella meditación sobre la identidad individual y su ligazón con el mundo.


 

I. NUEVO REALISMO

El guionista y director de Moonlight es el afroamericano Barry Jenkins, nacido en 1979 en Miami. Jenkins cursó estudios de cine en la Universidad Estatal de Florida, donde se graduó en 2003 junto a James Laxton, director de fotografía en la mayoría de los cortos y los dos largometrajes que ha realizado hasta la fecha: Medicine for Melancholy (2008), inédito en España, y Moonlight.

Para aprehender este último, resulta esencial atender a la sinergia creativa entre Laxton y Jenkins (1), perceptible desde My Josephine (2003), su debut conjunto; historia de ocho minutos comentada en off por su protagonista masculino, sobre dos jóvenes de origen árabe que trabajan en una lavandería de Tallahassee y limpian gratis banderas estadounidenses recién acaecido el 11-S. La anécdota narrativa, revulsiva en sí, daba pie además a una reflexión sutil en torno al desencanto y la alienación individuales respecto de agendas socioculturales colectivas, cuyo talante audiovisual se adscribía al nuevo realismo que acuñaron en el periodo de entresiglos Wong Kar-wai, Hou Hsiaohsien o Claire Denis, cineastas referenciales para Jenkins (2).

Nuevo realismo singularizado por «su aversión hacia los discursos explícitos en las películas, menos interesadas en ofrecer una determinada perspectiva política, que todo un abanico de perspectivas fílmicas, dado que también ocurre algo político cuando se dispone la cámara y se rueda; una labor, un acto de salvación, superior a cualquier mensaje» (3). En My Josephine, eran las inocentes cavilaciones de Aadid (Basel Amdan) acerca de su compañera de trabajo, Adela (Saba Shariat); las relaciones enfocadas y desenfocadas de ambos con la lavandería y el exterior; y una manipulación subrayada de las hechuras formales, las que testimoniaban dicho acto de salvación, una forma renovada de subjetividad, que diluye los perfiles de creador y personaje, que aspira a descubrirse y descubrirnos, a través de las imágenes en marcha, cuánto de nuestra vivencia del tiempo y el espacio, de nuestra configuración mental, está mediado por el entorno.

En la citada Medicine for Melancholy, dicha inquietud tomaba un cariz explícito, dialéctico en el sentido menos sugestivo del término, pese a las trabajosos matices aportados por la imagen digital y la banda sonora: el retrato de la breve liaison sentimental que mantenían en San Francisco dos jóvenes de color, Micah (Wyatt Cenac) y Jo’ (Tracey Heggins), era una excusa para sumergir al espectador en un ensayo de ficción centrado en conflictos de clase, minorías y gentrificación, cuyo aspecto más interesante residía en la mirada tan irónica como melancólica depositada en ocasiones por Jenkins sobre el duelo retórico entablado por los protagonistas, que no lograba sublimar las debilidades humanas, demasiado humanas, de ambos: a Micah le frustraba no hacerse con Jo’, esta se resistía a perder los privilegios que le confería ser pareja estable de un blanco. Moonlight es en este sentido mucho más madura. No apela, ni a la prédica, ni al sarcasmo. Y elude hasta cierto punto la trampa de convertir las imágenes en meras depositarias de los artificios dramatúrgicos concebidos por el escritor, también afroamericano, Tarell Alvin McCraney, en In Moonlight Black Boys Look Blue (2003), proyecto teatral estudiantil en que se basa la película.

II. LAS TRES EDADES

El texto de McCraney, autobiográfico, conjugaba en un solo acto y un solo escenario tres días, tres edades personificadas por tres actores diferentes, en la vida de un ser humano superviviente sin manual de instrucciones, sin guías morales ni pedagógicas ortodoxas, a una infancia marcada por una madre prostituta y drogadicta, el descubrimiento traumático de su homosexualidad en la adolescencia, y un medio ambiente que se cebaba con su sensibilidad extrema y le abocaba al destino con que tan familiarizada está por desgracia la comunidad negra estadounidense, el crimen y sus consecuencias. Al superponer la cotidianidad de su protagonista en épocas de su existencia separadas entre sí por lustros, McCraney calaba en el fenómeno de los muchos personajes que confluyen a lo largo de los años en lo que apreciamos como una única personalidad, amén de preguntarse, a partir de la anécdota cargada de valor metafórico que daba título a la obra –a la luz de la luna y sus reflejos en el océano, el negro se transmuta en índigo–, si es factible o siquiera deseable trascender lo que la programación sistémica ha decretado para nuestra piel.

En Moonlight, Barry Jenkins, de experiencias biográficas similares a las del dramaturgo, disocia las tres edades del protagonista en otros tantos episodios consecutivos que ambienta en la problemática barriada de Liberty City, Miami: Little, Chiron, y Black, que apelan con reiteración al aparato alegórico de McCraney, generando un efecto algo mecánico, propio de escuela de guionistas o un cine indie estereotipado. En el primer segmento, el pequeño y apocado Little (Alex Hibbert) es adoptado informalmente, ante la ausencia de progenitor y la irresponsabilidad de su madre, por un traficante local de drogas, Juan (Mahershala Ali), que le procura una suerte de educación emocional culminante en un baño en el mar de tintes bautismales y catárticos; sin embargo, cuando Little descubre la ocupación de Juan, le repudia. Esa estructura de esperanza y decepción se repite en el segundo fragmento del film: Little, ahora Chiron, es iniciado a la sexualidad por su amigo Kevin (Jharrel Jerome), de nuevo con el mar como testigo, pero pronto tiene lugar una traición vinculada a la conformidad con el grupo. En el tercer episodio, Chiron, convertido en sosias de Juan, tiene la oportunidad de reencontrarse con Kevin, de quien se había distanciado; pero, aunque vuelve a hacer acto de aparición el mar, el índigo, ya no caben las expectativas irreales, sino una aceptación adulta de lo que puede esperarse de uno mismo y los demás. Al fin y al cabo, una simple caricia puede bastar para salvar nuestra vida, para redimir al mundo.



II. JEROGLÍFICOS

Moonlight no es, pues, a diferencia de tantas otras producciones recientes –algunas abordadas en el presente dossier–, una película sobre la condición negra en el pasado o el presente de Estados Unidos, sino sobre los entresijos de la identidad personal y sus interacciones con lo comunitario. Se halla por tanto menos cercana al espíritu de un Spike Lee, que al de James Baldwin cuando escribía que «los niños no son buenos en lo tocante a escuchar consejos de sus mayores, pero nunca fallan a la hora de imitar sus actos; a falta de otros modelos, emulan nuestra inmoralidad, nuestra falta de respeto por el dolor ajeno…» (4).

La naturaleza política de la película, en cualquier caso, es evidente, y no solo porque se atreva a enunciar que los negros son sujetos complejos, ansiosos por amar y conocerse a sí mismos, y no objetos arrojadizos en las pugnas ideológicas que degradan actualmente la esfera pública. Además, en sus imágenes brilla por su ausencia la white majority, y son palpables los efectos de su negligencia en la desestructuración y falta de horizontes que aqueja a los afroamericanos protagonistas. En cierta escena, Little/Chiron es tachado de «pequeño salvaje», vista su opacidad, su incapacidad para armonizar con lo que le rodea. Pero, quienes tratan con él, revelan a su vez de continuo el choque de sus mejores intenciones con incontables tabúes y limitaciones. El joven es un jeroglífico, y un delator de cierta realidad como jeroglífica. Así, aunque Moonlight ha sido equiparada a Boyhood (2014) en cuanto sinergia de cine y vida, representa lo opuesto a ella. El gimmick empleado por Richard Linklater en aquel film propiciaba el continuismo, la familiaridad con los signos de una fábula refrendada por la historia oficial. En este caso, la elección de actores disímiles para encarnar a Chiron, la meticulosidad con que se alumbra el naturalismo del instante, el talante explorador de una cámara que no duda en hacerse notar, una fluctuación en los climas audiovisuales de cada capítulo de connotaciones anímicas, generan una sensación de curiosidad, extrañeza, descubrimiento perpetuo de un universo por reescribir. Como apuntábamos, Moonlight se eleva sobre lo dramático y lo social para abrazar cualidades abstractas, primordiales, de hondo calado en cada espectador.

Tiene que ver nuevamente en ello la fotografía de James Laxton, que filmó Moonlight en formato panorámico con una cámara Alexa XT de lentes anamórficas y alto contraste, y simuló con el colorista Alex Bickel las texturas analógicas del celuloide Fuji (para la infancia de Chrion), Agfa (su adolescencia) y Kodak (la madurez). Toda una declaración de principios al respecto de una filiación, tangible en las imágenes, con películas gestadas en los años setenta y noventa. Es curioso que Moonlight compita presumiblemente con La ciudad de las estrellas (La La Land (2016) en los Oscar, dado que, géneros aparte, ambas comparten una misma idea vigorosa, autoconsciente, épica, de lo real fílmico, en contraste con el átono principio de objetividad que había caracterizado en años recientes el cine de prestigio que representan. Dada la edad de los realizadores de una y otra –Barry Jenkins tiene 37 años, Damien Chazelle 32–, cabe ilusionarse con una posible reinvención digital en próximos años de lo mejor del cine estadounidense.

Diego Salgado

(1) La labor previa de Barry Jenkins y James Laxton es a la hora de escribir estas líneas fácilmente rastreable en Internet. Vale la pena en especial adentrarse en el canal de Jenkins en Vimeo (https://vimeo.com/ barryjenkins), donde pueden verse hasta dieciséis de sus trabajos, fotografiados casi siempre por Laxton.

(2) AGUIRRE, ABBY (2016): «Moonlight’s Cinematographer on Filming the Most Exquisite Movie of the Year», 20 de diciembre en la edición online de Vogue, http://www.vogue.com/projects/13514953/moonl ight-cinematographer-james-laxton/

(3) MAYNE, Judith (2005): Claire Denis, Champaign, IL, University of Illinois Press, pp. 30-31.

(4) BALDWIN, James (2000): Fifth Avenue, Uptown, Logan, IA, Perfection Learning Corporation, p. 183.


USA, 2016. T.O.: «Moonlight». Director: Barry Jenkins. Productores: Dede Gardner, Jeremy Kleiner y Adele Romanski. Producción: A24, Plan B. Entertainment. Guión: Barry Jenkins, según la obra de Tarell Alvin McCraney. Fotografía: James Laxton, en color. Diseño de producción: Hannah Beachler. Música: Nicholas Britell. Montaje: Nat Sanders y Joi McMillon. Duración: 111 minutos. Intérpretes: Ashton Sanders (Chiron), Trevante Rhodes (Black), André Holland (Kevin), Janelle Monáe (Teresa), Naomie Harris (Paula), Mahershala Ali (Juan), Shariff Earp (Terrence), Alex Hibbert (Little), Don Seward (Tip)