JASON BOURNE

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Destilado dramático

LA CUARTA ENTREGA DE LA SERIE BOURNE PROTAGONIZADA por Matt Damon –fuera quedaría el film colateral dirigido por Tony Gilroy e interpretado por Jeremy Renner, El legado de Bourne (2012)–, y tercera seguida que firma Paul Greengrass, está en esa complicada tesitura a la que en un momento u otro llegan todas las sagas/franquicias, de Star Wars a Star Trek, de Halloween a los Corleone, de Indiana Jones a Harry Potter, de Batman a Jungla de cristal. Parece que es más de lo mismo. Cierto. Pero para unos, esa reiteración en motivos y situaciones identificables resulta positiva, la exaltación de lo reconocible, mientras que para otros deviene negativo, demasiado repetitivo, poco original. Las dos facciones tienen su parte de razón, pero también es muy probable que los que cuestionan Jason Bourne no sean muy simpatizantes de la saga en líneas generales, y los que defienden el film quizá no quieran otra cosa que ese más de lo mismo perfeccionado técnicamente y elevado al cuadrado.

Si pudiéramos situarnos en un punto medio, sin fobias ni filias, descubriríamos que no tiene porqué resultar decepcionante la potenciación de la acción (o los momentos fuertes de la acción, aunque ninguno supere la secuencia de la persecución en Tánger del tercer film) en detrimento de la espesura dramática que rodea al protagonista. Jason Bourne es un artilugio narrativo perfecto, aunque nada complicado, en el que el personaje se sitúa allí donde ya le tocaba llegar. Esclarecidos muchos aspectos de su atormentado pasado a lo largo de las tres anteriores entregas –El caso Bourne (Doug Liman, 2002), El mito de Bourne (Greengrass, 2004) y El ultimátum de Bourne (Greengrass, 2007)–, este cuarto film destila el drama y lo depura de todo lo accesorio –de ahí que se titule Jason Bourne a secas, sin caso, mito ni ultimátum– para centrarse en lo esencialmente físico, aunque aún se presentan algunos giros argumentales y se abren puertas a posibles continuaciones de la mano de un personaje nuevo, el que encarna Alicia Vikander, Heather Lee, una nada advenediza agente de la CIA.

Los nueve años transcurridos desde El ultimátum de Bourne no le han hecho ningún favor a Jason Bourne: los tres films precedentes se presentaron casi en sucesión, sin tiempo para que el espectador desconectara de la saga, mientras que este, realizado tanto tiempo después, puede parecer una simple operación comercial –como El padrino III en relación a los dos primeros, o las últimas apariciones de Indiana Jones–; una buena forma de ganar dinero seguro por parte de Greengrass y Damon para seguir desarrollando proyectos más personales. Pero aunque fuera así, la película tiene un empaque muy superior al de las producciones simplemente alimenticias, genera nuevos sentimientos encontrados en torno al personaje y, pese a que el relato acabe derivando en un ajuste de cuentas, en una venganza, continúa perfilando bien ese abismo en el que se encuentran funcionarios, operarios, mercenarios, agentes dobles o espías durmientes de la CIA y otras organizaciones del mismo tipo. Prima la acción, pero también late detrás de sus imágenes, solventemente cosidas con el estilo agitado de Greengrass, el mismo espíritu hierático que ha caracterizado al personaje de Bourne en otras películas y novelas: tiroteos, peleas y persecuciones automovilísticas apabullantes –casi más propias de John Mc- Clane que de Jason Bourne– cubren con una pulida superficie tecnológica una historia más propia del cine de espías de la guerra fría; como en la teleserie 24, debemos rascar un poco debajo de esa superficie de action movie para percibir la tragedia de un tipo manipulado que nunca podrá encontrar ya no solo la paz o la estabilidad, sino un sentido a su existencia.

«Tu mismo te has hecho como eres», le dicen al inicio, en la frontera grecoalbanesa, cuando se gana la vida en peleas clandestinas. Sin embargo, Nicky Parsons (Julia Stiles), el segundo personaje conductor de la serie, le revela: «Antes de entrar en el programa, ya te estaban observando». La saga podrá tener una o tres continuaciones más, depende de lo que Damon dé de si, pero pase lo que pase, Bourne nunca se desprenderá de lo que es, de lo que le han hecho ser. Así que la angustia, absorbida por el enorme aparato de producción, sigue ahí, nada agazapada.

Al margen de su estilo de cámara sin trípode, o en movimiento incluso cuando tiene el centro fijado, Greengrass propone una forma diferente de filmar las geografías cosmopolitas que transitan todas las series de agentes secretos: Atenas (en plena revuelta callejera), Berlín y Londres aparecen desprovistas de sus señas de identidad –pueden ser esas ciudades u otras: solo sabemos que lo son por el rótulo que nos lo indica–, mientras que Las Vegas sí que aparece bien contextualizada, la única con planos de referencia que nos la sitúan como uno de los grandes escenarios de la ficción estadounidense moderna de intriga y acción, de C.S.I. Las Vegas a Ocean’s Eleven, una serie televisiva y una saga cinematográfica; siempre las franquicias. No falta la secuencia clásica (esperada) de los films Bourne, la de intriga, violencia y vigilancia: imágenes satélite en línea desde uno de los controles de la CIA que son las que nos muestran cómo el protagonista evade los controles y cámaras de vigilancia, durante los disturbios griegos, en un apasionante juego visual del gato y el ratón. ¿Quién dirige nuestra mirada? ¿El director-narrador o los monitores de esa ficción? No es casual que, por una vez, la figura del co-guionista y la del montador coincidan: Christopher Rouse, hasta ahora montador habitual de Greengrass, se desdobla aquí en guionista, y me parece muy lógico que quien organiza los actos y las palabras sobre el papel, sea después el que edita la visualización de ese texto en celuloide o soporte digital. Nos falta aún una política de los guionistas, una política de los montadores o una de ambos a la vez.

Quim Casas

USA-Gran Bretaña-China, 2016. T.O.: «Jason Bourne». Director: Paul Greengrass. Productores: Frank Marshall, Matt Damon, Paul Greengrass, Gregory Goodman, Jeffrey M. Weiner y Ben Smith. Producción: Kennedy/Marshall Company, Captivate Entertainment, Pearl Street Films, Double Negative, Perfect World Pictures para Universal Pictures. Guión: Paul Greengrass y Christopher Rouse, según los personajes de Robert Ludlum. Fotografía: Barry Ackroyd, en color. Diseño de producción: Paul Kirby. Música: John Powell y David Buckley. Montaje: Christopher Rouse. Duración: 123 minutos. Intérpretes: Matt Damon (Jason Bourne), Alicia Vikander (Heather Lee), Julia Stiles (Nicky Parsons), Vincent Cassel (Asset), Tommy Lee Jones (Robert Dewey), Riz Ahmed (Aaron Kalloor), Ato Essandoh (Craig Jeffers), Scott Shepherd (Edwin Russell), Bill Camp (Malcolm Smith), Stephen Kunken (Baumen)